—Descanse en paz...

Nicolás se ha marchado; Martín se ha dormido en una cómoda butaca del comedor.

Y el muerto está solo con las flores que la viuda ha cortado en el jardín, mientras ella, vívida y fuerte, sin atender a los toques lamentables del campanario, sigue en el balcón, entregada a un radiante abandono, dejando fluir los pensamientos sobre el día de su libertad.


VIII
EN LOS NIDOS DE ANTAÑO

Después del entierro, casi al anochecer, María le dice a su madre, aprovechando una tregua en los saludos de pésame:

—Voy un rato al molino.