—¿Ahora?
—Sí... ¿por qué no?
—Parecerá mal.
—¿Y qué me importa a mí? Aquella es nuestra casa igual que ésta. Salgo por el bosque y llego cuando han acabado de moler: no habrá gente.
—Se te hará de noche para la vuelta.
—Me acompaña el abuelo.
Sin aguardar una aprobación definitiva, parte la muchacha, ansiosa ya de moverse y recobrar el amable señorío de sus deseos, como si hubiera tolerado en aquel solo día una larga esclavitud. Se resiste al primer quebranto de la vida, que le arde en los ojos con físico disgusto; le duele la cabeza: necesita huir de la casa silenciosa, hacer un poco de ejercicio, tomar el aire, secar el llanto.
Va de luto; su elegancia nativa se amolda a todos los vestidos con un garbo especial.
—¡Qué bonita es!—dice la madre, sonriente, recordando que en el espejo se ha visto muy parecida a la muchacha, esbeltísima con la ropa negra, interesante como nunca bajo la zarpa del insomnio y del amor.