—Es que ella te está esperando—apoyó Encarnación alarmada.

—Yo la espero también.

En el fondo prudente de esta actitud existía una secreta repugnancia a heredar la mujer del bienhechor, rica y viuda, cuando había renunciado a ella soltera y pobre: de lejos no le parecía difícil ni reprochable lo que de cerca hallaba casi monstruoso.

Cuestión de perspectiva. Allá, la distancia agrandó unos motivos ciegamente inventados para sustituir a Malgor en cuanto fuera posible, con premura que a veces tomaba el aspecto de una conminación: cartas hubo entre la madre y el hijo henchidas de las más implacables urgencias, colmadas de suposiciones diabólicas.

Aquí, frente a la ocasión, se achicaban las razones de Manuel Jesús: la estrechez del valle, la cercanía de todas las cosas, la misma posibilidad de realizarlas, causaron a este hombre, súbitamente, una opresión de angustia y de remordimiento. Su llegada había sido inoportuna y cruel: un comporte gallardo haría que se olvidase la mala fortuna de aquel arribo.

Y la mujer querida se esfumaba un poco bajo la nube de esta consideración; perdía las proporciones grandiosas del ídolo para convertirse en una realidad algo trágica, en una novia fácil y sombría.

Regresaba el joyero adinerado y joven; era buen mozo, apenas si unas canas prematuras le daban cierta respetable seriedad. Podía escoger compañera entre las señoritas del valle y emparentar con los blasones más ilustres del terruño.

Pero nunca había pensado en una boda de conveniencia. Romántico, independiente como buen montañés, supo vivir sin demasiados sacrificios, conociendo los placeres y las diversiones, defendiéndose de los grandes compromisos amorosos con el recuerdo de la que le aguardaba constante y fiel, cautiva en una dolorosa cadena que él mismo había forjado, al impulso de una exaltación sentimental.

Porque fué Dulce Nombre la estrella de su destino, le dolía como un sacrilegio aquel inexplicable desagrado con que ahora, de repente, veía la proximidad de cuantas ilusiones le estimulaban durante años seguidos. Quería suponer que sólo por el bien de ella juzgaba necesarios los temperamentos y las prórrogas; pero una interna comezón le avisaba de otro disgusto supersticioso, indefinible, una resistencia, muy vaga todavía, al casamiento deseado con malévolos apuros: la gota de hiel caía inesperadamente en una afición tan probada y madura.