Todo ello es indeciso, alucinante, y lo atribuye Manuel Jesús a la mala hora de su regreso bajo el toque funeral de las campanas: padece la obsesión de que ha llegado horrendo y vengativo con la guadaña al hombro y un ataúd a cuestas.
Y sufre extrañamente en el día esperado con inquietudes ardorosas, en este día luminoso y evocador, rebosante de membranzas para el viajero.
Ya desde el camino le tomó por suyo con aguda reclamación la memoria de los goces juveniles, y se le encendieron todas las ansiedades cuando en la vasta soledad del Cantábrico descubrió los contornos de la tierra nativa y vió el sol a ras de las aguas, deteniéndose en la clámide roja del crepúsculo para besar la orilla montañesa. Un pensamiento raudo y henchido le condujo entonces a su valle, detrás de las montañas orgullosas por donde a la mañana siguiente le llevaría el tren apartando los árboles con su carrera... Pasó la noche en un sueño intranquilo, madrugó, diligente, a buscar el ferrocarril, muy lejos de suponer que arrastraba consigo el macabro estuche de don Ignacio Malgor: amaba en aquel instante a su única novia con un denuedo heroico. Y, de repente, nace solapado el descontento junto a la caja negra, se levanta oscura una aversión donde parecía natural que surgiese la confianza victoriosa.
Desconcertado por estas novedades, procura Manuel Jesús estar solo y recoger en el torbellino de tantas sensaciones alguna idea clara; no es posible que en unas horas haya cambiado su corazón; necesita sondearle, llegar hasta lo más profundo de sus movimientos, saber si lo que le enturbia no es más que un poco de cansancio y de sorpresa.
Cuando ya va la tarde muy caída se escabulle de su casa con disimulo y por los caminos señeros que reconoce y adora se deja conducir, pendiente abajo, hasta la lera del ansar.
Es misterioso y largo este anochecer. El sol, al hundirse detrás de los montes, llevó consigo todo el azul del firmamento; queda el celaje pálido y remoto, se estremece la sombra del arbolado, pesan las flores con voluptuosa languidez.
A Manuel Jesús no se le escapa ningún ruido, ninguna observación; marcha despacio, mira y escucha, sintiéndose volver a los tiempos distantes, embriagado con el rezumo de las memorias felices. Le han salido a recibir los cantares del Salia, dispersos en regueras y atanores, apagados en los cadosos de la corriente: una mansedumbre estival se esparce sigilosa por la Naturaleza.
Está cumplida la luna. Cae la noche sombría en espera del astro. El caminante cruza un puente, se hunde en el secreto de la algaba, y poco después toca en la linde viva de un huertecillo. Alguien se mueve allí; hay en la semioscuridad una silueta de mujer.
—¡Dulce Nombre!
—¿Qué?