—¡Ah...! ¿Eres tú...? ¡Tú!

—Soy María Dulce.

—¿Cómo?

—Sí.

—¿Qué dices?

—Soy la hija de esa que usted nombra.

Manuel está junto a la muchacha atónito y conmovido.

—¡No, no!—repite—. Eres la misma... ¡eres tú!

Ella sonríe, le divierte mucho la equivocación. Comprende que habla con el antiguo novio de su madre, y observa que es guapo y distinguido.