De pronto se aturde, sacudida por una idea vigorosa que se le arraiga inmediatamente en la imaginación. Este es el viajero que ha dormido bajo cielos extraños; conoce los países fabulosos, y arribó por los mares, con la espuma de las lontananzas.
—Pase usted—balbuce, abriendo el portel, que gime como antaño.
Y entra Manuel Jesús, cada vez más absorto, mirando muy de cerca a la niña, sin convencerse de que no sea la suya. La voz, la sonrisa, las facciones...
—¡Es ella!—insiste, obsesionado por el semblante de cuanto reconoce a su alrededor.
No ha pasado el tiempo. Aquí están crecidas y curiosas las madreselvas, las odorantes lámparas de Jerusalén; aquí reventando el pecho de los capullos en la altura del rosal; orillando los macizos de legumbres se esparcen la menta verde y el torongil; por el filo de las paredes medran las ortigas y los helechos en flor. El aire, los olores, los murmurios, son «aquellos», también. Suben desde el río partículas consoladoras de frescura, sones claros y melodiosos, llenos de lejanas alegrías...
Así lo supone Manuel, sin razonarlo, sintiendo que se le nublan los ojos con el agua del corazón. Registra en la penumbra los perfiles tranquilos de la aceña, las ventanas inolvidables, los muros blancos. Evoca la embalsamada habitación donde se llenan de harina los alguarines al zumbido de las piedras ardientes, y se halla envuelto en el polvo rubio de la faena, en la algidez memorable del noviazgo.
—¡Dulce Nombre!—pronuncia todavía, negándose a creer que no es su novia la virgen que le escucha.
—Soy María Dulce—vuelve a decir la muchacha, pensando: ¡Se acuerda de mi madre!
Pero no se le ocurre ni remotamente que la siga queriendo. Cuenta la niña de Malgor diez y seis años por una vida entera, y en su indocilidad no concibe que se pueda someter un antojo al tormento de no realizarle.