Ahora mismo quiere ella convencerse de que este hombre es uno que ella espera, el amador imaginario que viene de muy lejos y sabe muchas cosas. Clava en él los ojos candentes y expresivos.

—Ha llegado usted hoy a Cintul, ¿verdad?—murmura por decirle algo. Y añade melindrosa:—¡En un día bien triste para mí!

El mozo se estremece como si despertara.

Aquella mujer no es la misma, no; le hace preguntas inútiles, le mira con un talante desconocido: es igual que la otra... pero es distinta... ¡Acaso en el huerto se ha renovado todo como ella!

—¡Qué lástima!—prorrumpe en alta voz, atisbando con envidia la gracia de lo inerte, que no se muda: la casa, las piedras, el suelo... Entretanto yergue el río sobre la noche un eterno murmullo de fugacidad, y María se duele, interpretando a su modo la frase que acaba de oír:

—Sí, ¡una lástima...! Mi padre no era un viejo... ¡y así, tan de repente!

Sabe la joven un mohín de quebranto, lleno de coquetería; se lleva el pañolito a los ojos, y aguarda.

Manuel está viendo la caja fúnebre, pesaroso como si realmente la hubiese traído él a Luzmela para encerrar a Malgor. Le parece que ha hecho daño a la niña y le dice con amabilidad:

—No llores; eres muy hermosa; yo te quiero mucho.

—¿Usted?