—Creí que se acordaba usted de ella... ¡como han sido novios!
Ahora, asustado de que la muchacha interprete mal su conducta, niega él sin perfidia, con un desasosiego inquietante.
—¿Quién va a pensar en ilusiones tan lejanas...? Sólo me acuerdo de que somos amigos... Y siento mucho encontrarla viuda.
—Se lo diré... Aunque usted irá a vernos.
—Debo ir—responde, algo inseguro.
—Porque esto no es una visita.
—No; es una casualidad. Llegué aquí... sin saber cómo—afirma el paseante, lamentando que el instinto y la costumbre le hayan hecho traición después de largo tiempo. Agítase azorado como un ave que vuelve al nido y desconoce la nidada nueva. Hace un ademán para despedirse, y María le quiere retener.
—¡Quédese un poco...! ¡Estoy tan sola!
—¿No hay nadie en la casa?