—Está Camila... ¿Usted la recuerda?
—Ya lo creo.
—Será usted aquí el amigo de todos, ¿verdad...? ¡Así es que ayer y hoy se hablaba tanto del regreso de Manuel Jesús...! Yo me figuraba que era usted así, como es, y quería verle pronto... Cuando me llamó desde la cerca le reconocí...
El se conmueve al escuchar su nombre pronunciado con el mismo acento de la amada, en el engarce puro de aquella voz armoniosa y penetrativa.
—¿Me reconociste...? ¿Cómo?
—No lo sé.
Manuel Jesús tiende la mano y recoge la de la muchacha, tembloroso, apremiante, como si la despedida fuese a evitar un gran peligro.
—¡Adiós!
Una sombra llena de perfumes los envuelve con su roce imperceptible, mientras arriba, en los espacios sinuosos, la luz de las estrellas hace más profunda la oscuridad de lo infinito.
—¡No se vaya usted!—ruega María con una insondable mirada de persuasión.