Manuel siente en la suya el calor de la mano tersa que le oprime. Y una embriaguez insensata le confunde; quiere vivir el tiempo huído, que esta niña sea su novia de antes, la misma que dejó inocente y enamorada... No han transcurrido los días; no tuvo nunca dueño aquella mujer; le esperaba aquí, segura, inviolable...
—¡Dulce Nombre!
La tiene en sus brazos, la besa en los ojos, en la boca, furiosamente, le murmura un raudal hervoroso de palabras como un desquite de la separación y el silencio padecidos.
Ella recibe las caricias y las promesas, excitada por la locura fragante de la noche, creyendo que ha inspirado una súbita pasión, gozosa de sentirse prendada, a su vez, del hombre desconocido, el viajero de leyenda; vive su hora delirante, se convierte en la heroína de un cuento de hadas.
Hasta que Manuel Jesús recobra un poco la serenidad, liberta a la niña, y siente más urgente y angustiosa la tentación de huir.
—Adiós—repite, consternado, desfallecido por la inquietud violenta del deseo, torpe en una confusa sensación de realidades y quimeras.
En el penacho augusto del celaje refulgen, misteriosas, las siete llamas; aquí, en el cíngulo de los planteles, se cierran las flores, sensibles como pupilas.
Manuel salta la cerca, desatinado igual que un ladrón, cuando sería tan fácil abrir el portillo. Se hiere un poco las manos con las espinas del seto; se acoge a la sombra del ansar, y anda a escape, enfebrecido: mira al cielo por los claros de la espesura y le parece que las estrellas corren detrás de él.
María, al despedirse, ha dicho crédula y feliz: