—Hasta mañana...
IX
LA NOCHE ENCUBRIDORA
Se han marchado las últimas visitas, y Dulce Nombre, cansada, impaciente, se refugia en su balcón para recibir un poco de aire nuevo y estar un rato a solas.
Todo el día esperó a Manuel Jesús.—Vendrá ahora; vendrá más tarde—pensaba. No atinó con las razones de delicadeza que le excusaron de asistir al entierro; su alma torcaz estaba muy distante a la complicación de otros espíritus más cultivados y sutiles. Ella guardó al marido muchos años una fe dolorosa; su liberación coincidía, milagrosamente, con el regreso del hombre elegido: ya no había que perder ni un minuto de felicidad.
Sólo algunos reparos de circunstancias se pudieran interponer entre los dos. Tal vez sería conveniente celebrar la primera entrevista en el molino, cuando se acaba el trajín y el bosque duerme solitario... Al viajero, sin duda, le cohibe presentarse en la casa de Malgor, llena hoy de gente curiosa y parlanchina...
—Sí; algo de esto le retrae—se dice la joven, preocupada.