Y no sabe por qué teme un rigor impreciso, una desventura que se ocultase para ella bajo la noche encubridora.
Pero oye subir a Encarnación, llamándola, y se le desvanece en seguida el triste pensamiento.
—Aquí estoy; ven.
Se abrazan las dos mujeres dentro de una franqueza gustosa para Dulce Nombre, que desembaraza sus impulsos con libre dominio después de larga cautividad. Ya es dueña de su vida; habla y pregunta lo que quiere: lleva en la mano el corazón.
La de Cintul explica muchas cosas atropelladamente, empezando su relación desde la entrega del parte telegráfico a Tomasa, de la cual desconfía.
—¿Qué hizo con él? ¿Cómo ocurrió la muerte del amo?
No es esto lo que la viuda quiere tratar. Palidece ante el recuerdo lúgubre, reprime su emoción, y, sin descubrir a la perversa criada, pronuncia:
—Háblame de Manuel Jesús.
Toma el relato Encarnación desde muy lejos otra vez: el viaje, el arribo, las visitas...