—¡Calla, por Dios!

Retrocede ante la noticia que augura. Trata de huir y el padre la sujeta con suavidad.

Ella afronta la revelación; hubiera querido que la hora se eternizara sin descubrir aquel secreto, y no obstante le desea conocer.

Está blanca, temblorosa. Tiene marchito el color fuerte de los labios, calientes las yemas de los ojos.

—¿Qué es?—murmura.

Comienza Martín a susurrar, persuasivo y halagador; parece que suplica, y manda: no consulta las proposiciones del indiano, sino que las pondera a la vez que se entusiasma con la suerte envidiable de la novia.

Una respuesta indiscutible se desprende de aquel discurso; pero Dulce Nombre, sin hablar, mueve la cabeza con obstinación, mientras un trino melodioso rompe el silencio en el vano de la ventana: ligera y alegre cruza por el aire una golondrina.