III
LOS COPOS DE LAS HORAS

Vuelve a andar el molino; crece el día muy despacio para la inquietud de la enamorada, que entra y sale cien veces en el local donde los humildes cosecheros se turnan esperando su molienda.

Le parece a Dulce Nombre que en todos los semblantes hay una expresión reveladora, que los murmurios, apagados entre el ronquido de las piedras, están llenos de insidias y averiguaciones.

No se equivoca. Por los contornos del valle corre ya la noticia de que el indiano se quiere casar con la niña de Rostrío. Nadie pone en duda que ella acepte o que el padre no la obligue al casamiento: ¡menuda boda!

Se habla de Manuel Jesús con lástima y desdén: ¿para eso ahorcó los libros...? ¡Pobre infeliz...!

Y coméntase la fortuna loca de la muchacha.

—Bonita es, pero otras lo son más... Criada sin madre y con poco rigor, muy hecha a satisfacer su gusto, enseñada por don Nicolás en libros y finuras que no le pertenecen... Para señorita, que hubiese elegido el indiano a la de Barreda.

—¡Mujer, no compares!—protesta Gil, un pastor embelesado por la molinerita.