La muchacha le atendía con la penetración abierta y sensible propia de la raza. Iba sintiéndose culpable de rebelión y de ingratitud, pero su brío cantábrico la obligaba siempre a responder:

—No quiero a ese señor.

Y sus mismas palabras al sonar le daban la certidumbre de un argumento irrebatible.

Acaso al padre le causaban idéntica impresión. Por eso no llegó a recaer en el enojo; se mantuvo serio en la tristeza y dejó a la niña para entregarse al trabajo. Hasta la hora de comer no volvieron a verse. Ninguno de los dos tenía apetito y cambiaron las frases justas, sin aludir a la gran preocupación que les acongojaba.

Tornó después cada uno a sus quehaceres, huyéndose en lo posible, silenciosos, cohibidos, temiendo encontrarse delante de la cena.

Nunca había sucedido aquéllo. El padre, solemne y reconcentrado, fué para la muchacha benévolo de continuo, la cuidó con solicitud, la dejó hacer su gusto con frecuencia, mientras ella le trataba como a un amigo huraño y servicial a quien se conoce poco y se le quiere mucho.

Ahora no sabe si le empieza a conocer y va a dejar de quererle. Se asusta de aquella situación tan repentina y extraña y gozaría empujando al tiempo, que la ha de resolver.

Por la noche hablará con su novio desde el portel del huerto; le ha mandado un aviso, impaciente por confiarle su ansiedad y apoyarla en el tesón varonil: necesita que Manuel Jesús la socorra pronto.

Y no le espera como de costumbre en la ventana, o en el umbral por donde cruzan los veceros del molino: quiere verle con reserva, pródiga hoy de la cita solitaria que nunca le concede. Cae su huerto por detrás de la casa a la orilla del cauce, lindando con el bosque: es un lugar escondido muy favorable al amor.