Dulce Nombre suspira con oculta zozobra; luego sube la mirada desde el campo regadío, muelle y jugoso, y la envuelve en el ropaje del crepúsculo, donde se apaga el día.

Una mano se posa en el hombro de la meditabunda, que se estremece como si la despertaran.

—Dice tu padre que bajes a maquilar; él tiene que salir.

—¿A esta hora?

—Eso parece.

Y Tomasa, que sirve de emisario con harta diligencia, se queda mirando fijamente a su amiga, traspasándola con los ojos aviesos.

Dulce Nombre apenas la ve; tiene la imaginación en tortura; ¿adónde irá su padre? Nunca deja el molino hasta que, después de cenar, sale un rato a la taberna, ya suspendido el trajín.

—Y Camila, ¿qué hace?—pregunta, resistiéndose con interior desgano a caer en el bullicio del salón.

Sigue Tomasa clavando su curiosidad en la molinera.