—¿Adónde va mi padre?
—Al pueblo debe ir, porque me ha pedido una blusa limpia.
Con relación al ansar el pueblo es Luzmela, el vecindario más próximo, cabeza de partido en el valle.
Camila, al responder, se cruza de brazos muy preocupada. Tiene ella la costumbre de abismarse en hondas cavilaciones por cualquier motivo y aquel día están sucediendo cosas muy extrañas: oye la buena mujer palabras sueltas que la perturban, sufre con la desazón de Martín y de la niña, y anda torpe, recelosa, llena de inquietudes.
Allí se queda, en la oscuridad del carrejo, mientras la joven, pensativa, define:
—Va a consultar con mi padrino.
Y entra en el salón. De cerca la sigue Tomasa, avizora y entrometida.
El coro de veceros se distribuye en el local donde arden ya dos lámparas eléctricas, altas y flojas, incapaces de prestar un servicio adecuado.
Las mujeres que llevan labor se sientan en sus garrotes bajo aquellas lágrimas de luz, y tejen o zurcen con bastante dificultad, en tanto que las lenguas se despachan a su gusto; los chiquillos retozan; algún mozo que vuelve del trabajo se hace allí el encontradizo con la muchacha de su predilección; acaso alguna vieja, medio dormida junto al cimadal, pasa las cuentas del rosario entre los dedos marchitos: es la hora de las críticas, de las oraciones y los cortejos.
Y en el molino se explayan bien estas costumbres pueblerinas al influjo de la ocasión.