La presencia de Dulce Nombre cortó un poco el hilo de las pláticas. Fuése la niña derecha hacia las tolvas para hacerse cargo del maquilero, y se quedó así al margen de la concurrencia, con semblante distraído, procurando estar sola en medio de la gente.

Muelen hoy las tres piedras y cada pueblo comarcano tiene en el local su representación; pocas tardes se ve la aceña tan favorecida. Los que han recogido su porción de molienda se detienen, ronceros, aguardando a los demás para tener compañía en el retorno o pretexto de oír lo que se murmura.

Vuelven a hilvanarse las conversaciones en la más apartada orilla de las muelas; Tomasa refiere alguna cosa con todo el secreto posible, y en otro grupo se lamenta una mujer de Rucanto.

—¡Ya son cortas las tardes!

—Sí—dice una coloñera de Cintul—; se hace noche en un vuelo y están medrosos los caminos.

—Pues, mira, ahí tienes buena compaña.

Llega muy presurosa Encarnación, la madre de Manuel Jesús, posa el canasto de maíz y descubre en el gesto, en las alusiones y en la sonrisa, los deseos que tiene de contar algo muy importante.

Es una mujer enfermiza y trabajada, con restos de hermosura: tiene el acento algo brusco y una propensión a ablandarle en forma de sollozo. Está muchas veces hablando con aspereza y al roce de una emoción se le convierten las frases en gemidos.

Hoy se muestra exaltada y gozosa. Su aspecto y sus ademanes han atraído en seguida la atención general. Sabe que produce interés, y enfilando su garrote con el último que llegó, dice jovialmente: