—Pero ¿es verdad?
En el ímpetu de las interrogaciones suena ronca la de la molinera murmurando:
—¿Qué dice?
Hay una perplejidad angustiosa en estas dos palabras, que se extravían entre el mugido de la faena.
Y de pronto Gil, sin permiso, diligente y previsor, empuja el tosco resorte que detiene el trabajo.
Una paz benigna se establece en el molino; bajo el suelo discurre el agua borbollante, sopla el viento en el vano oscuro de la puerta.
Sonríe Encarnación, pasea la mirada con altivez por el auditorio, y repite, muy despacio, llena de solemnidad:
—Se embarca para las Américas.
—Pero ¿quién?—porfía incrédulo el pastor.
—Manuel Jesús.