—¿Y cómo ha sido eso?—arguye Alfonsa, con los brazos en jarras, en el colmo de la sorpresa. Todos los semblantes, todas las averiguaciones denotan el asombro, mientras las miradas buscan inquisitivas a Dulce Nombre, que se apoya en la pared junto a la coloñera de Cintul.

Es demasiado joven la novia para disimular; abre los cándidos ojos con descubierta desolación, y tiene deshojadas las rosas de las mejillas.

La madre del viajero se explica al fin, recreándose en la expectación que produce y suscitando una lluvia de nuevas exclamaciones.

—Lo que sucede es que esta mañana, de manos a boca, fué don Ignacio Malgor a proponerme el embarque del hijo para Cuba. Quiere mandarle allá empleado a su casa de comercio, con muchísimos duros al mes, pagado el viaje, los vestidos y cuanto necesite... Quedéme de una pieza. Por mí—le contesté—, de mil amores, que para el campo no sirve y ya sabe que me colgó los hábitos.—Sí, sí—dijo, muy al corriente de todo. Pero como estaba el muchacho en el monte no pudimos convenir nada y hablamos de otras cosas buenas para mí. Este señor pretende sacarnos adelante... No hay mal que cien años dure...; bastante desgraciada he sido...

La voz se le iba rompiendo en un tono de llanto. Un aire de estupefacción mantenía en suspenso las interrupciones latentes en el concurso, hasta que Gil abrió camino a la impaciencia de todos:

—¿Y Manuel, consiente?

—Sí.

Dulce Nombre no se había desmayado nunca. Sintió que se le hundían los ojos y las piernas se le doblaban; un frío intenso y húmedo le apretaba las sienes.

—Me voy a caer—se dijo.