Pestañeó muy de prisa, irguió el cuerpo sostenido en el muro, se pasó la mano por la frente. Y permaneció derecha: el esfuerzo de su voluntad la obligó a sonreír, mientras Encarnación respondía, observando a la muchacha, de reojo:

—Sí, consiente; los hombres son así, como las veletas: no se puede contar con ellos...

Callaba, con insidia, que el joven sólo se hubo resignado a partir después de una larga y trabajosa conferencia con Malgor.

—Entonces, ¿cuándo es la marcha?—pregunta la vecina de Cintul.

—¿La marcha? A escape. Con dinero todo se arregla en seguida. El barco sale de Torremar el diez y nueve: estamos a quince...

—¡Pues échale un galgo a Manuel Jesús!—interrumpe Tomasa, certera y alusiva—¡las cosas que se ven!

Y Dulce Nombre, silenciosa, algo insegura, deja el apoyo del hastial, atraviesa el salón y con las dos manos finas y ágiles empuja el mecanismo de la faena.

Vuelve a manar el polvo de maíz por los tres buzones harineros, y a la muchacha le parece que esconde su espantoso quebranto en el ruido estridente de la masticación. A su lado está Gil muy servicial; la mira y habla, pero ella no le entiende; hunde los dedos en la masa olorosa de la harina, los ojos en una visión ausente, los pensamientos en una tristeza insondable.

En la otra punta de la sala revive la murmuración, crecen los comentarios, y los habladores acaban por relacionar la próxima ausencia de Manuel Jesús con los viajeros de cada familia. No hay quien no recuerde allí con lástima y angustia a su emigrante: las playas remotas de Ultramar conocen bien a los mozos de esta leva que no se acaba nunca, de esta huída loca y triste, lejos de los campos españoles.