El campanero, algo dudoso, tarda en responder.

—¡Claro!—afirma Encarnación con aplomo—. Por eso se ganan tantos caudales.

—Mis hermanos—dice Tomasa—no han ganado allí más que la muerte.

—Porque estaban comalidos como tú—replica la madre del viajero, molesta contra el tono sombrío de la joven.

La cual, sin despedirse, toma su canasto y sale bruscamente a la oscuridad de los senderos.

Magdalena, una vecina de Paresúa que está esperando a otra, habla de un muchacho que tiene en Chile y pregunta si le podrá ver Manuel Jesús.

—Para mi cuenta, no—responde el campanero, y Alfonsa arguye:

—Quedará más arriba esa población.

Lena, como la llaman en el valle, insiste: