—Dificulto yo que el mi chiquillo no haya traspuesto por allí: él, después de andar muchos días por el mar, anduvo también en los trenes.

—Escríbele que baje a la Habana—resuelve Alfonsa.

Y Antón mueve la cabeza con inseguridad.

—Me parece que es distinto el país.

Suenan sus frases limpiamente porque ha terminado la molienda.

Dulce Nombre, que llenaba las tolvas sin cesar con la ayuda del pastor, ha despachado el último cesto de la harina: se acabó la jornada.

Está la moza pálida y grave con el maquilero en la mano, los ojos distraídos, los labios serios y desdeñosos.

Ya no hay motivo para retardar el desfile, que empieza lentamente.

La coloñera de Cintul, va a salir con Encarnación, cuando retrocede ésta, posa el canasto y se dirige a Dulce Nombre: