—No tengo yo la culpa de lo que pasa—alude con el acento lloroso—, es el destino: tú naciste para señora.
Le da un abrazo; la joven, hierática y muda, se estremece sin contestar ni corresponder.
Han desaparecido los veceros en la tiniebla de la noche y aun se rebulle Gil por el salón; repite la despedida, ofrece sus servicios, sacude el celemín, hasta que la molinera pronuncia, inmóvil y extraña:
—Vete con Dios.
V
EL ETERNO MANANTIAL
Están inapetentes los tres comensales y la colación, silenciosa y ligera, se despacha en cinco minutos.
Sale Martín, como todas las noches, del molino, hermético el rostro, mesurado el ademán. Camila recoge los cacharros de la cena y no pregunta a Dulce Nombre qué se le pierde fuera de casa a tales horas; la ve atravesar el cortil, oye quejarse a la vilorta del huerto, comprende que la muchacha acude a una cita de amor, y se cruza de brazos con su natural sentimiento de cavilación y pesadumbre. Ella quiere a la niña con blando corazón de abuela; se puso a cuidarla desde que la madre la dejó en la cuna, y se derrite en inútil desvelo por aquella juventud solitaria y briosa, llena de pasión: la muchacha es para Camila un secreto inviolable, un misterioso hechizo, la única razón de vivir y padecer...