Es el huerto breve y humilde, asurcano del bosque; tiene un plantel de legumbres, una colonia de rosales; macetas con semilleros, trepadoras que suben a la casa; el cercado es de espinos, la portilla exterior de madera gimiente como la del corral.

En aquélla se para Dulce Nombre midiendo la sombra con los ojos fijos y empañados, rotos los pensamientos por el dolor. Ya debía estar allí Manuel Jesús, que nunca se hace esperar.

Tienden las nubes su dosel oscuro sin el raudal celeste de los astros; los hálitos del viento se han dormido y en las ramas curvas de los árboles desfallecen las hojas antes de caer.

Dulce Nombre se agita en la soledad esperando al que no llega, anhelante de amor y desconsuelo. A cada segundo pierde una esperanza; aguza el oído con el afán de sorprender unos pasos en la trocha que desde el ansar conduce hasta Cintul.

Pero el ritmo secreto de la noche late con los arroyos desgajados de las montañas, con el río que huye serenado y el tiempo que se filtra en los arcanos de la eternidad. Ningún otro rumor tiembla en el aire, y la sensación de un estado transitorio oprime la conciencia de la moza: siente que el augusto ensueño de su alma fluye también, en el continuo deslizarse de las corrientes de la vida.

En el reloj de Luzmela se abren las horas con unas campanadas apacibles: son las diez.

—¡Qué tarde!—murmura la niña, y rompe a llorar con desesperación infantil; le parece que está sola en el mundo, ¡no arde en la noche más estrella que la de su corazón!

En el egoísmo de su quebranto olvida la muerte silenciosa de las flores deshojadas al lado suyo, el temblor de las plumas abandonadas por el otoño en el seno de los nidos: la muchedumbre de tristezas consumidas a cada instante en el eterno devenir.

Se dobla sollozando, convulsa, desmayadas las trenzas en los hombros, con la frente escondida entre las manos, y su queja late por las costas del río, perdida en el murmullo de las aguas: es un átomo nuevo del dolor que va a nutrir los rugidos misteriosos de la mar.