—Los dos pretendemos a esa niña: yo me puedo casar con ella inmediatamente, rodearla de comodidades y de halagos, poner a su alcance los bienes de la tierra, ¿y tú?

—Puedo sólo hacerla esperar, mientras aguardo a ser labrador.

—¿Y entonces?

—Será mi labradora.

—¿Atada al yugo de tu pobreza?

—Sí.

—¿Envejecida y doliente como tu madre?

—¡No lo sé!

—Imagínala esclava de las mieses, lavandera, leñadora, con la hermosura perdida, los hijos desnudos, el cansancio en el alma, el tedio al pan de maíz.

—Me quiere.