—Bien—dijo el indiano; y trató de sonreír, herido como estaba por el áspero aguijón de los celos—. Te quiere hoy, con un amor de niña que no resistirá las vicisitudes de la miseria.

—Pero que ni se compra ni se vende—replicó el mozo con orgullo, algo vacía la entonación.

—Sin embargo, yo le vengo a comprar.

Estas palabras no eran viles porque las redimía la amargura, un duelo noble y puro, confesado con generosa modestia.

—Tengo dinero—añadió el hombre rico—y voy a ver si le puedo convertir en un poco de felicidad; pero voy a este único deseo de mi vida honradamente, abiertos los brazos y el corazón: escucha.

Habló con transparentes frases, con el acento persuasivo y hondo. Su riqueza era un mérito adquirido en heroica lucha contra la suerte; él fué un emigrante desamparado y mísero; hizo fortuna sin dañar el interés ajeno, y aquel oro tenía un valor tan estimable y lícito como el de los blasones o el de la juventud: le quería negociar. Iba derecho a su ilusión con energía y franqueza. No tenía tiempo que perder.

—Pero hay otras mujeres—protestó Manuel Jesús, cautivado, no obstante, por aquella intrepidez clara y singular.

—No hay otra para mí; es tan niña, que aun puedo modelar su alma; es tan despierta y sensible, que acaso llegue a confundir la gratitud con el amor.