Siguió diciendo cómo la trataría, con qué delicadezas y ternuras, con qué intenciones de hacerse perdonar el atrevimiento de ser feliz. Había sido joyero muchos años; pasó los días trabajosos de la emigración en el comercio de las piedras preciosas, manejando esmeraldas y zafiros, perlas y brillantes: sus dedos tenían la costumbre de guardar tesoros, de conocer las cosas bellas y pulcras. El contacto de los metales finos, de los cristales resplandecientes, le habían hecho artista y cuidadoso. Dulce Nombre sería para él como una joya, la más cara del mundo.
Bajo el imperio de aquella fuerte voluntad, Manuel Jesús veía a la novia lucir en el estuche de un esplendoroso destino, y la perdía lejana, brillante y libre igual que un astro, mientras se abrían inesperados horizontes para otras vidas tristes que también adoraba el mozo. Hasta seis hermanitos suyos podían librarse de la esclavitud labradora; la madre, enferma, tendría descanso y remedio; el hogar arruinado lograría restauración, y aquel monte durísimo para los brazos del estudiante, aquella mies esquiva y rebelde, se cambiarían por el comercio de alhajas valiosas en el oficio ilustre de lapidario; sometido a la rauda evocación sentíase ya preso entre anillos y cadenas de oro y esmaltes, impulsado a una existencia remota allende la mar.
Y de pronto la memoria le recordaba con íntima lucidez a Dulce Nombre. Se erguía la imagen, combatientes las agudas lanzas de las pupilas, llena la voz de cosas enamoradas y pueriles, el talante gallardo, el gesto luminoso...
—¿Qué me contestas?—repetía Malgor, intranquilo, leyéndole en la cara las vacilaciones.
Pensaba el novio en la cita próxima, la primera obtenida en una cómplice soledad.
—¡Nada!—repuso, ciego de codicia y tentación; y se quedó sombrío, callado, irreductible.
Había recibido la visita fuera de su casa por no tener dentro adecuado lugar, y se paseaban los dos hombres por una llosa cercada de abietes, hecha ya la recolección de su mies, con almiares de paja y los portillos en abertal.
El terreno sube por el monte como toda la aldea de Cintul, dominando los contornos de la serranía, el valle y la hoz. Dobleces de la propia montaña esconden los demás pueblos comarcanos; en la hondura blanquea el molino del ansar entre el boscaje roto por el viento de octubre.
Don Ignacio Malgor no se daba por vencido. Con una tenacidad imperturbable seguía diciendo sus propósitos de una manera llana y rotunda: la voz se le iba con el ábrego, mansamente, como un rezo de los caminos.