Ya salían los chiquillos de la escuela y algunos se paraban ansiosos en la rotura de la sebe. Manuel Jesús reconoció a tres de sus hermanos puestos en guardia, sorprendidos y avizores. Poco a poco fueron entrando en la cortina, para jugar con los zuros abandonados de las panojas. Estaban mal vestidos, enseñando las carnes cenceñas bajo el deterioro de la ropa: tenían descalzos los pies.
Dos mujeres cruzaron entonces por la brecha del seto, con pesados coloños en la cabeza, y también se quedaron paradas, indiferentes a su cansancio abrumador, llamando a los niños, como un pretexto para observar a los rivales.
Eran Encarnación y su hija Clotilde, una moza tierna y endeble que seguía en edad al estudiante fracasado. La carga de leña le cubría las facciones, y sólo se adivinaba su juventud por las trenzas rubias y desbordantes como espigas reventonas, pendientes sobre la espalda.
De súbito la madre tiró al suelo el haz de fajina, sentóse en él y empezó a limpiarse el sudor de la frente con el delantal, mientras desde lejos procuraba descubrir alguna resolución en el aire lóbrego del hijo.
La muchacha, inmóvil, monstruosa bajo su coloño, parecía una esfinge.
En ella ponía el hermano su atención, lleno de lástima por aquel esfuerzo silencioso, y seguro de que Dulce Nombre trabajaría así, malograda y fallida hasta envejecer, si no la rescataba un gran milagro.
Los niños se acercaron a las mujeres, obedeciendo algo remolones, y como dijo la madre que había descansado ya, le ayudaron los tres a cargar de nuevo con la leña.
Iba la tarde consumiéndose; el austro, muy caído, se acostaba en el rastrojo de los maíces. Las nubes ensombrecían la sierra galopando sobre la hoz, y se confundían con el río escribiendo silenciosos renglones en el agua.
Seguía Manuel Jesús escuchando siempre a Malgor, transido, impenetrable, sin apartar los ojos del grupo que formaban las dos coloñeras y los niños. Vió a su madre levantar la carga otra vez, y notó que a Clotilde al andar se le cimbreaba la cintura con un temblor angustioso, como si fuera a romperse. Los rapaces se alejaban volviendo la cabeza hacia su hermano con una expresión que él tuvo por una súplica infinita. Y de repente miró a su rival con altivez, levantó las manos a la altura del pecho como si tirase de algo muy recóndito, y dijo una frase poderosa, arrancada de su corazón:
—Me embarco sin ver a Dulce Nombre: lo juro... por ella.