Una hora más tarde bajaba Encarnación al molino con la noticia en los labios y el contento en el alma. No sentía la separación de su hijo, imbuída por el gozo de verle marchar hacia una suerte feliz, arrebatado a la novia pobre, devuelto a la obligación de proteger a la familia como cuando estudiaba para cura. Luego que la madre tomó su desquite, presurosa y vengativa, sintió que era suyo el dolor de la enamorada; tuvo arrepentimiento de haberla hecho sufrir; quiso abrazarla y pedirla perdón: ya Dulce Nombre estaba insensible a todo lo que no fuera el tormento de su desengaño.
De vuelta a Cintul aun tenía que padecer Encarnación por sus ilusiones maternales; el hijo no venía a cenar; andaba solo y amargo por la orilla del pueblo; alguien le vió camino de la aceña: iba, sin duda, a faltar a su palabra, a romper su compromiso con Malgor.
Y era cierto que el mozo estaba a punto de rendirse; su carne obedecía a un misterioso imán, llevándole por los senderos conocidos en violenta lucha con los propósitos espirituales.
Desde los confines del lugar medía con obstinación una sola ruta: el recuesto, las praderías, un puente, la selva, y allí le esperaba Dulce Nombre, en el huerto solitario. Le parecía escuchar la risa fogosa de la muchacha, su voz caliente engarzada en el suave tejido de los tonos, sus promesas acendradas y puras.
En aquel momento sentía por su novia una pasión a la vez dulce y terrible.
Y bajaba ansiosamente al valle, tocaba en el ansar, volvía a subir, huyendo de sí mismo.
Así estuvo hasta que cuajó la noche y las montañas más erguidas se cubrieron con el manto de la sombra.
Empujado por el soplo de la oscuridad rondó el molino desde el bosque, vió palpitar sus luces en la honda tiniebla, y se detuvo en las cercanías del huerto; sentía un bárbaro deleite en mortificarse allí a dos pasos de la dicha, cuando era más fuerte que nunca el aroma del monte y el viento había volado como un águila a dormirse en las cumbres.
Acaso un suspiro hubiese bastado para romper entre los novios el negro muro de la noche, a pesar del juramento prestado por Manuel Jesús.
Pero el llanto del río se llevó los sollozos de la niña sin que el amante los recogiese. Y la penitencia de aquel amor fué un secreto de la temblorosa penumbra.