VII
CADA CUAL CON SU CRUZ
La torre de Luzmela domina el valle, fincada en un alcor entre el monte y el río, al acoso del arbolado.
Es un solar ilustre, empobrecido por el tiempo, habitado por un hombre triste y receloso. Nicolás de Hornedo y Esquivel tiene treinta y cinco años; es alto, membrudo, extravagante, sensible. Desciende por línea directa de un matrimonio advenedizo que dió mucho que hablar en la comarca porque heredó el palacio y los bienes anejos sin ostentar los apellidos del linaje fundador, ni tener, en apariencia, derecho ninguno sobre las fincas.
Una historia de amor, oscura y extraña, fué el origen de la herencia, y al través de dos generaciones viene a ser Nicolás el único representante de la nueva familia que ya luce timbres de otros blasones montañeses.
Aquella pareja intrusa, puesta en posesión de la casa, inesperadamente, por testamento del solterón don Manuel de la Torre y Roldán, tuvo una sola hija a quien desposó un Hornedo arruinado y desaprensivo; de la muchacha nació un varón que hizo bodas con una señorita de Esquivel: éstos eran los padres de Nicolás. Murieron jóvenes, y dejaron tan mermada la fortuna, que el huérfano logró apenas hacer sus estudios de abogado y conocer un poco la vida de la ciudad.