No llegó a ejercer la profesión; una rara melancolía, con tintes de aburrimiento y pesadumbre, le fué apartando de la sociedad, y acabó por encerrarle en su casa de Luzmela, achacosa y decaída, pero capaz aún de mantener con vergonzante decoro al hidalgo sombrío.
Algo morboso existe en la hurañía de este hombre, que se enternece por cualquiera emoción y muchas veces llora sin causas conocidas, abandonado al desahogo de la pena ignorada que le consume.
Él no sabe por qué se esconde ni cuál es el motivo de su tristeza; siente un descontento profundo que le amarga la juventud, y al mismo tiempo una infinita piedad por todo cuanto vive y sufre: es un espíritu visionario y silencioso que arrastra como un estigma los fermentos de pasiones y ansiedades ajenas.
De continuo invoca el recuerdo de aquellos novios sin nombre legítimo, señores del palacio por misteriosa virtud; él, hijo de una labrantina soltera, vivió siempre favorecido por don Manuel de la Torre, que le hizo médico y le dió un lustre sospechoso de bastardo; ella se apareció en el valle siendo muy chiquitina, sin saber decir su procedencia. Regresó don Manuel de una de sus frecuentes excursiones con la desconocida criatura de la mano, y en su casa la tuvo como un tesoro: se la conocía con el nombre dulce y significativo de la niña de Luzmela y nadie dudaba que no perteneciese a la misma sangre del aventurero señor, el cual, al morir, dejó los caudales a sus protegidos, igual que si fuesen dos hermanos. Pero, después de algunos episodios novelescos, la niña y el doctor se casaban con gran sorpresa de la gente, provocando un asombro y unas murmuraciones tan graves que no se han extinguido todavía.
Perduran los comentarios de aquella boda y aun se refieren sus detalles, con sigilo dramático y escandaloso, a la vez que se envuelve a los protagonistas en un aura de reverencia y estimación, y se guarda su memoria entre las más queridas del país. Vivieron enamorados y felices, seguros, al parecer, de su inocencia; fueron generosos y nobles con los tributarios del solar, y su recuerdo tiene un aroma de gratitud que se conserva entre las páginas remotas con interesante palidez, como en un libro una flor.
Aquel perfume de simpatía y de malignidad estremece al heredero de Luzmela con tenebroso delirio. Se juzga fruto de un pecado abominable y persigue con aciago deleite el secreto de la antigua pasión.
Ha revuelto en centenares de ocasiones los viejos papeles de la casa, apuntes y escrituras, cartas de familia, alguna abandonada epístola de amor: el delito supuesto no parece.
Y no obstante le busca Nicolás en la sombra, a lo largo de su vida, obseso por la acidez insana de la tiniebla y el dolor, cautivo en su torre como un penitente de la enfermiza curiosidad.
A nadie cierra su casa el solariego, y aun abre con demasía el flaco bolsillo a las necesidades de sus arrendatarios. La vecindad le quiere bien, le considera como a un amigo y le consulta en sus tribulaciones, aunque le mira con la vaga aprensión de que en él resurgen los remordimientos de una culpa lontana, acaso los vestigios de un crimen.
Y Hornedo, al sorprender aquellas vacilantes suposiciones, se aisla cada vez más, huye como un apestado, errabundo por el interior de su casa y por la soledad de sus huertos; si le visitan supone que le compadecen; si le abandonan siente el desdén como una herida mortal: así acrece su tragedia y se lastima la salud.