Pero en la vida oscura del misántropo resplandece un rayo de sol.

Es Dulce Nombre, la ahijada y protegida a quien adora Nicolás desde que la vió crecer y aficionarse al palacio con una devoción humilde y alegre, a prueba de malos humores y de rostros ensombrecidos.

Tenía la nena el privilegio de no recoger más que las sonrisas felices, de escuchar solamente las palabras suaves, y de poner las suyas como un bálsamo en las tristezas del padrino. Su presencia en la casona era un consuelo y una luz, y muchas veces los servidores del hidalgo corrieron a buscar a la pequeña como una medicina para las crisis angustiosas de su señor: si el molinero hubiese querido, la niña viviría siempre allí, regalada por Nicolás.

Nunca el padre lo consintió; él no perdía su derecho sobre la criatura propia, y sólo por condescender la dejaba ir al palacio tan a menudo, y permitía que el señorito la educara a su modo, con finuras exóticas para una pobre molinera.

Por su parte, Nicolás, avaro de la chiquilla, con la gula de un hambriento, no pensaba más que en el gozo de verla, ni parecía enterarse de que ya era una mujer y que él mismo le había despertado la sensibilidad y la imaginación con lecturas románticas y lecciones poéticas.

Le dijeron que tenía la muchacha relaciones amorosas y lo quiso ignorar, tímido ante una directa averiguación que rompería la infancia de Dulce Nombre cuando el solariego pretende revivir con exaltados atavismos la historia paternal y romántica de don Manuel de la Torre y la niña de Luzmela...


VIII
LAS CUMBRES DEL DESEO