El señorito y el indiano hicieron su amistad en la niñez, con esa pueblerina democracia que junta a los niños en la escuela y en la calle, entregados a los placeres y al estudio bajo una sola disciplina y una misma libertad.
Lecciones en el aula concejil, estímulos de un premio en el examen, escaramuzas por el monte, pedreas en el campo, unieron estrechamente aquellas vidas lozanas, exentas de vanidades y prejuicios.
Nicolás, que ya empezaba a ser irresoluto, sentía predilecciones por Ignacio, mayor que él, atrevido y fuerte, con menos inclinación a los libros que a las aventuras. Y el labriego, optimista y voluntarioso, le prestaba con frecuencia a su amigo los puños y el coraje, mientras el niño caviloso del palacio correspondía a la solicitud del camarada enseñándole una lección o resolviéndole un problema aritmético en el pizarrín.
Por aquellos años andaban a la escuela, también, con otros muchos galopines, Antón, hijo del campanero, y Martín Rostrío, ya casi mozo, asistente a las clases nocturnas con aprovechada condición: los dos tuvieron muy buenas amistades con Ignacio y Nicolás.
Pero no tardó el señorito en marcharse a un colegio burgués, ni el futuro indiano en prevenir un camino a sus ambiciones, embarcándose para Cuba.
Antes de aquella separación Martín le dijo a Ignacio, medio en broma:
—En cuanto hagas fortuna, compras a «éste» el molino del ansar y me le arriendas a mí.
«Éste» era el niño infanzón, que iba a decir alguna cosa cuando el viajero repuso, con una certidumbre serena: