—Dentro de diez años.

Y no habló una palabra Nicolás, pensando con supersticioso terror que las fincas de Luzmela tendrían que ser para su amigo.

Entretanto Martín sonreía, seguro de un arriendo beneficioso que le diese preponderancia en el valle, y suspiraba Antón en el colmo de la codicia:

—¡Para entonces seré yo campanero!

Afrontaban su destino en aquella actitud inquiridora y vigilante, de cara al porvenir.

Hoy se cumplen las profecías del pasado: Martín dispone del molino y Antón de las campanas; Ignacio compró hace tiempo muchas posesiones de Nicolás; han vuelto a reunirse a la sombra de los mismos árboles de su niñez, y ninguno de los cuatro es feliz: luchan y se afanan sin tocar las cumbres del deseo, ansiosos por la vida, cada cual con su cruz...

En esta mañana otoñal, pálida y dulce, llegó diligente el indiano a la torre de Luzmela para comunicarle a su amigo que se quería casar con la hija de Martín.

Le miró Hornedo muy despacio, lleno de asombro, y dijo con temblorosa interrogación:

—¿También...?

—¿Cómo también?