—Sí; te has llevado lo mejor de mis bienes... ¡déjame a Dulce Nombre!
—Pero, ¿la quieres tú?
—¿No lo ves?
Alzóse lívido, anhelante, asustando a Malgor, que confesaba:
—Ahora lo veo...
—¡Es mi hija, mi compañera, la única amistad que me importa!
—¡Ah!—el indiano comprendía y se tranquilizaba, teniendo en cuenta las exaltaciones frecuentes de Nicolás—. Siendo así—acabó—, bien puedo hacerla mi mujer sin estorbar a tu cariño.
—¡No! ¡Me la quitas!
—Otro te la quitará, ¿no sabes que tiene novio?
—Es una niña.