—Es una moza.
—Y si tiene novio—gritó Hornedo, crespa la voz y la actitud—, ¿cómo se ha de casar contigo?
—¿A ti que más te da...? ¿O es que protestas sólo contra mí?
—¡Que haga su gusto!
—Se casaría entonces con él.
—¿Qué dices?
—No me quiere; la compro.
-¿Qué...?
Tuvo que sentarse sin esperar contestación porque se estremecía como una hoja, colérico y abatido a la vez, falto de palabras y de serenidad.
Estaban en el fondo de un ancho gabinete descuidado y antiguo; el solariego se había dejado caer en el sofá y a su lado Malgor, sin levantarse de la silla, hablaba límpidamente, con su acostumbrada manera superlativa y rotunda, desenvolviendo el mismo discurso que por la tarde necesitaba exponer a Manuel Jesús. Iba a casarse en seguida con Dulce Nombre; lo tenía dispuesto así y no podía esperar: la muchacha era su única ilusión. Para el novio habría otros amores cuando estuviera en situación de tomar estado, después de trabajar con amplitud y bien protegido en el negocio de la joyería... El haber traficado con las piedras preciosas y los metales ricos servía de admirable educación para tratar a una mujer: pendientes, sortijas, collares, rosarios, cruces, medallones... un comercio frágil y sutil que predisponía a las dulzuras del hogar, a la paciencia suave del enamorado, a la esmerada pulcritud del esposo...