Malgor estaba de pie: no se le ocurría nada que añadir.

Cumplió el propósito de anunciar a su amigo la boda, como un acontecimiento seguro y razonable, y se marchaba porque tenía mucho que hacer.

Tendió la mano a Nicolás que permanecía silencioso, inmóvil, con la mirada fija en una tabla religiosa, puesta sin marco sobre la pared.

Insistió el indiano, apremiante, en su despedida, hasta que el distraído alargó la diestra con un movimiento glacial, y quedóse allí mudo, atónito, mientras salía Malgor al través de salones desmantelados y pasillos oscuros: iba derecho a la rectoral, sin acordarse de la hora de comer.

Apenas sus pasos se dejaron de oír en la casona, cuando Hornedo se levantó del sofá, entró en un dormitorio contiguo, que era el suyo, y se echó de bruces sobre la cama, baja y honda, cubierta de raído sobrecielo...

Moría la tarde; ya estaba Malgor hablando con su rival en Cintul y el hidalgo de Luzmela seguía tumbado en su lecho, sacudido por los sollozos.


IX
LAS ALAS DE LA PALOMA