Desvelada y madrugadora sale Dulce Nombre de la aceña a buscar el refugio de su padrino: va de prisa, aunque le pesa con exceso el corazón. Y le quiere difundir en el paisaje con el inconsciente anhelo de aliviar su camino; le apoya en los montes, que levantan la frente hasta las nubes; le acuesta en el campo mullido y oloroso; no consigue menguar la fatiga; al contrario: redobla su pena cuanto más la dilata por los horizontes y la extiende sobre el cielo que baja a mirarse en el río.
Se le agudiza así la sensibilidad con una fuerza misteriosa y percibe todos los rumores, hasta los más ocultos y remotos; sabe hoy de una manera extraña que entre las cosas vivas no hay una sola que no cante, y oye a lo lejos resonar el bosque, escucha el sordo crujido de todas las semillas que pacen en la tierra, de todas las raíces que trituran su alimento en la oscuridad: es una vidente que descubre los enigmas terrenales porque los contempla con la mirada deshecha en llanto.
Llega a la torre y le dicen que el señor anda malucho; aunque suele madrugar, todavía no se ha levantado.
—Esperaré que despierte—responde, y pregunta: ¿desde cuando está enfermo...? porque anteayer le vi.
—Pero ayer—arguye Rosaura intrigante y curiosa—le marearon los amigos; el indiano primero; después, ya de anochecida, tu padre: vinieron de consulta y negocio...: parece que se trata de ti...
—Puede ser—murmura Dulce Nombre, disimulando apenas su inquietud.
Siguen hablando las dos mujeres, de codos en la solana, viendo crecer el día, tibio y nublado como el anterior. La muchacha defiende sus graves preocupaciones, mal ocultas en un palique nervioso, mientras Rosaura la mira sonriendo. Es una mujer recia y calmosa que lleva muchos años de guardiana en la torre; viste de oscuro, tiene el pelo gris y se le nubla la frente arrugada por la edad.
Se abre de súbito una puerta en el ancho carasol y se asoma Hornedo bajo el dintel de su gabinete. Está palidísimo; un aliento de insomnio le rodea el semblante como un halo y se le hunde en la mirada con turbia densidad.
Rosaura se retira discretamente con un paso macizo que repercute en todo el corredor, y Dulce Nombre aborda su confidencia sin reparar en la alteración aguda del enfermo.