—Sabes, padrino, lo que me sucede, ¿verdad?

—Sí.

—¿Ha venido a decírtelo mi padre y también... ese señor?

—También.

—¿Qué has contestado?

Nicolás apenas se puede sostener.—Entra—murmura, y va a sentarse en un sillón. Cierra los ojos; no ha visto que la niña se acomoda junto a él en un escañuelo, como de costumbre, y se estremece cuando ella le acaricia al repetir:

—¿Qué respondiste?

—¡Que están locos!

—¡Eso es...! Locos de remate. Y para salirse con la suya pretenden embarcar a Manuel Jesús; le han engañado; dicen que le han convencido... ¡No lo puedo creer... Tú me ayudarás a detenerle, a salvarme! ¡Le quiero lo indecible!