Se había levantado, intrépida, febril, y echaba los brazos al cuello del padrino con mimosa persuasión.
El puso, extraviado, las inseguras pupilas en el florido cuerpo de la moza; la miró como nunca a la cara; le vió de un modo nuevo el color trasparente y rubio de los ojos, el terciopelo rojo de los labios, la cabellera oscura, la tez dorada.
—¡Déjame!—grita de improviso, alzándose también, con señales de incomprensible terror.
Huye al otro lado del aposento, y la niña, que le debe sólo una desvelada ternura, se asombra y aturde, sin comprender la causa de semejante dureza. Necesita el cariño de aquel hombre, el apoyo de su autoridad para erguir una última esperanza, y va humilde a solicitarlo.
—Padrino. ¿Qué tienes...? ¿Estás malo de veras?
Se le aproxima, fijándose en el rostro doliente, trasojado, amarillo, y el enfermo, que logra dominarse, tiende las manos con una ansiedad lastimosa; no sabe él mismo si para asirse a algo que le sostenga o para recibir a la muchacha.
Ella se las acoge muy ferviente y le habla con íntimo desvelo.
—Sí, estás malo; tienes calentura.
Una piedad repentina se desborda en el pecho de la joven con esa lucidez que despierta en el que sufre, para adivinar el ajeno dolor.
Nicolás ha vuelto a sentarse, dobla la cabeza arrullado por la dulzura de la voz que le compadece, y acaba por balbucir: