—Estuve mal anoche: ya me siento mejor...

—Pues mírame. Levanta él los ojos con trémulo parpadeo:

—¿Qué me pides?

—¡Ayúdame!

—¿Cómo?

—Haciendo que no se marche Manuel Jesús; le obligan, le engañan, sin duda, y yo me voy a morir...

—¿Tanto le quieres?

—Más que a todas las cosas de este mundo; mucho más que a mi padre y que a la vida. ¡Le quiero para toda la eternidad!

Se remece, brusco, el solariego, clava las pupilas enigmáticas en Dulce Nombre y pronuncia con torva lentitud:

—¡No sabes lo que dices...! Si él se marcha es porque le conviene, y tú debes casarte con Malgor.