—¡Padrino!

—Es un hombre formal y está enamorado de ti.

—¡Ay! No lo entiendo; antes me diste la razón... ¡Me dejas sola tú también!

Y la niña desconoce el pálido mirar de su amigo, la esquivez adusta con que habla y rehuye el amparo que le va a pedir.

—¡Estoy sola, sola...!—repite con aflicción, mientras Nicolás cierra los ojos otra vez y esconde los dedos convulsos entre la melena alborotada.

Llega del dormitorio un aire pesado que trasciende a medicamentos y a sudor; por la abertura de las cortinas se ve una cama revuelta.

Está Dulce Nombre observando todo aquello de un modo singular, como si nunca lo hubiese visto: la estancia tiene un semblante de abandono y tristeza que conmueve; el hidalgo, ahora, quieto, mudo, lívido, parece un muerto.

Al través de las propias vicisitudes siente la muchacha una inmensa compasión, no sabe de qué.

—Adiós—dice con la despedida llena de lágrimas.