Encarnación se echó a reír con la ingenua crueldad de los rústicos y de los niños:
—¡Quince años...! Los ricos para todo encuentran bula. Si tu marido fuera pobre no le recetarían ni para quince meses... Pero es viejo y está picado del arca: no puede tirar mucho.
—Yo no he de procurar que se muera.
—Ni yo tampoco, ¡válgame Dios!
—Le cuido y le preservo del mal.
—Como buena cristiana... pero, ¿le quieres?
—¡Eso, no!—repuso Dulce Nombre con bárbara sinceridad.
Y la de Cintul, lejos ya de su pugna trabajosa, descansada y tranquila, hizo un arma de aquella ruda confesión, la puso a prueba, y en premeditados encuentros logró que la muchacha se acostumbrase a sus expansiones y las tuviese por lícitas y agradables. Varias veces le enseñó cartas de Manuel Jesús dirigidas a Clotilde, llenas del recuerdo de sus amores y de la amargura de la ausencia, rebosando preguntas, inquietudes y propósitos; las misivas delataban una previa información de cuanto ocurría en el valle.
También sostenía el viajero correspondencia con Malgor, como alto empleado de la joyería cubana, relaciones comerciales y ceremonias que le proporcionaron una nueva comunicación con Dulce Nombre, aunque ella jamás enviaba un recado definido para el ausente.
—¿Quieres que te escriba, en el mayor secreto?—le llegó a decir Clotilde.