—No; estoy casada con otro—protestó, adusta, revestida de una inocencia ancestral que no celaba al sentimiento indomable, y sólo a las acciones imponía su recato.

Después de algún tiempo Clotilde Ayuso fué hastiándose de aquella tercería; encontró novio, se consagró a los preparativos de la boda, y únicamente si le venía rodada la ocasión aventaba con mensajes y encomiendas el sigiloso culto de Dulce Nombre.

Pero la madre no se cansaba nunca de encenderle, y año tras año le iba persiguiendo con una constancia que llegó a convertirse en obsesión. Mujer arisca y voluntariosa, tuvo siempre la antigua coloñera un fondo de agudo sentimentalismo que la obligaba a llorar cuando reñía y a desvanecer sus exaltaciones en lamentos: los que la trataban mucho sabían que sus arrebatos no persistían jamás en el encono, sino que se inclinaban a la benevolencia y la ternura.

Esta propensión generosa, y el pesar de haber dañado anteriormente a la niña de Rostrío, la mantenían en constante solicitud para vigilarla y embairla con un continuo murmullo de seguridades y ofrecimientos.

Y tal perseverancia, llena de desinterés, algo tocada de una enfermiza sensibilidad, llegó a producir en la misma Encarnación un extraño fruto: acabó por creerse con derecho a disponer de aquella moza casada, para realizar las bodas del hijo.

No había otra en la región que le mereciese; bella y educada, elegante más que la de Barreda, más que la de Esquivel, era muy cierto que había nacido para esposa de Manuel Jesús, el buen mozo con estudios y talento, con ganancias y virtudes. La miraba como algo propio, la sonreía en un acuerdo tácito de voluntades y designios, impaciente porque Malgor no acababa de morirse; y aunque ella no sabía escribir, aguijaba a Clotilde para que se dirigiese al hermano, conminatoria y resuelta: necesitaba volver; que se pusiera en camino inmediatamente; don Ignacio estaba en la agonía...

Así, la exacerbada vehemencia de la madre, uniéndose al amor y a la soledad al través del tiempo, le conservaron a Dulce Nombre la esperanza, culpable, caliente y madura en el corazón.


III
CUALQUIERA TIEMPO PASADO FUÉ MEJOR