En la amenazada existencia del indiano crecía el relieve doloroso como una ola desbordante de amargura. Y al influjo de cada martirio le parecían casi felices los primeros días de su matrimonio, cuando tenía salud y esperaba un milagro cerca de su mujer.

Fué en una lejana primavera, al regresar del viaje de novios; aun no sabía Dulce Nombre los detalles del error que la inclinó a la boda, y mostraba una tristeza pasiva, un orgulloso disimulo que al marido le daba algunas veces la apariencia de la conformidad; hasta que una noche le preguntó bruscamente la muchacha, agudas las pupilas, calurosa la voz:

—¿Es cierto que le diste a mi padre el molino a cambio de mi persona?

No supo de pronto qué contestar.

—¿Es cierto que a Manuel Jesús no le dejasteis verme antes de echarle de aquí?

Al cabo, Malgor repuso, atravesado de zozobras:

—Verdad es que yo sólo disponía de mi oro para conseguirte... y lo di a manos llenas.

—¡Me tendiste un lazo!

—¡No!; te ofrecí la vida... ¿Qué haré de ella si no la quieres tú?