Aguardó palidísimo, extrañamente honda la mirada; pero Dulce Nombre parecía cubierta por una fuerte lápida de silencio.
—¿Qué haré, di?—repitió anhelante el marido. Y añadió en seguida:
—¿Me perdonas?
La muchacha se encogió de hombros con el altivo gesto que le era familiar.
—Responde algo: ¿me perdonas?
Ella le abrumó entonces con una sorda y tardía contestación, moviendo la cabeza negativamente.
—¿Qué...?
—¡No!
El hombre rico sintió que una enorme dureza le gravitaba sobre el pecho y se le extendía por la garganta y el brazo hasta el dedo meñique. De pie como estaba en el dormitorio, retrocedió un paso y se sostuvo inmóvil contra la pared, sin atreverse a respirar, con el horror de la muerte en el semblante.
Se le acercaba la mujer en desolada confusión, y él, con la vista empañada y angustiosa, parecía decirle: ¡no me toques! Estaba seguro de que un aliento, un contacto, por leve que fuera, acabaría de aplastarle.