De repente, lo mismo que llegó aquel espantoso mal se le fué quitando de encima: le dejaba libre el movimiento y la respiración y pudo ir hasta la cama, dejarse caer en ella agotado, rendido, pero con la sensación de vivir.

Y como Dulce Nombre seguía inclinada hacia el enfermo con muda solicitud, volvió él a apoderarse de su primera ansiedad, juntando las palabras insistentes:

—¿Me perdonas?

Renovó la pregunta con la voz casi extinta, aun dilatado por el miedo el vidrio turbio de los ojos.

Y la esposa, fascinada por aquel sigilo terrible, llena de arrepentimiento y caridad, le apoyó los labios en el oído, como si de otra manera no pudiese responder:

—¡Sí!

Fué la sílaba igual que un escucho sin eco ni resonancia, una gota de compasión caída silenciosamente en la álgida tristeza de un espíritu.

Desde aquella noche estuvo Malgor condenado a muerte por la ciencia, libre de reproches y venganzas por la misericordia de una mujer. Pero sentíase desamado; el perdón no era la correspondencia, ni debía engañarse con ilusiones transitorias luego de haber tocado vivas y florecientes las raíces del amor rival.

No obstante, vinieron para el indiano días generosos; esperaba un hijo; Dulce Nombre, en el ensueño de su maternidad, ocultaba mejor la desventura y tenía muy recientes sus buenos propósitos de enfermera.

Hasta el valle y los montes se extendía la ponderación de los desvelos que de su esposa merecía el indiano, y no faltaban rondas nocturnas que lo comentasen desde el ansar en noches de plenilunio. Más de una vez la copla alusiva clamó, vibrante, allí: