Era un enfermo que sólo hallaba ojos apiadables y cuidado caritativo donde él quería el amor y la salud.
En vano procuraba dominar sus tribulaciones y sufrir menos para no empeorar; estaba advertido de los riesgos a que se exponía en cada fuerte emoción, y por evitar la violencia de una sola iba amasándolas juntas en un continuo padecer. Debilitada por el duro ejercicio, se relajó algunas veces su paciencia; sentía aplomado el corazón; una desesperada rebeldía, un deseo inextinguible de vivir y de gozar, le llevó en ocasiones a mostrarse receloso: clavó las pupilas inquiridoras y desconfiadas donde antes las había posado con extrema reverencia, y Dulce Nombre tuvo la certidumbre de que su sacrificio no servía siempre de consolación.
Ella, al roce de la vida y de los duelos, afirmaba su carácter recio y claro y se cumplía a sí misma todas las promesas de silencio y de lealtad. En ocasiones, el amor le dolía sólo como un mal exquisito que la dejaba aguardar sin grave pena, atento a la confianza el corazón juvenil. Hallábase entonces mejor apercibida contra las impaciencias del esposo y aparentaba muy bien no cansarse a su lado, no ofenderse de su vigilancia, vivir en un sueño de olvido y de resignación.
Luego, de súbito, se le convertía la espera en un castigo cruel, lloraba el malogro de su juventud, sentía irrespirable el aire inerte de la casa; soportaba la cadena con demasiado esfuerzo, y el marido le veía su triste verdad inmóvil en los ojos.
Era el invierno muchas veces el causante de estos desmayos. Bajaba desde la espina fragorosa de la sierra con las nubes atormentadas por la tempestad, y se extendía en el valle como un viento de espanto, un mes y otro, cuajándose en lluvias y en nieblas, en cierzos y nieves.
Si por casualidad cesaba de llover se endurecían los caminos bajo los cristales de la escarcha mientras el sol ardía sin calentar; y en el tránsito frío de las noches se congelaba la luna recostada en las cumbres, extraña y despavorida, con una tristeza insufrible.
Y Dulce Nombre volvía a sentir en el alma un dolor conocido: el amargor del llanto de otros días. Lanzábase con intrepidez a las derrotas, duras, que parecían de piedra, se dejaba atravesar por las agujas del hielo, errante por el campo marchito, hasta que abrían los astros sus flores amarillas.
Entonces regresaba al hogar con un anhelo dañoso, inútilmente desechado: podía encontrar al marido agonizante, sin luz ya y sin voz la pálida cabeza.
Se estremecía indignada contra el maligno deseo.—¡No, no!—se decía—tiene que vivir; le debo cuidar; que no sufra...; que no sospeche... Le quedan muchos años... ¡hasta quince!