Los contaba por los de su hija:—Uno, dos, tres...—llegaba a siete y gemía:—¡Falta el doble!

Unas lágrimas silenciosas, incesantes, seguían aumentando el agua profunda de su corazón...

Cuando en el solsticio de diciembre había reinado el Sur, podía suceder que apareciesen unos días templados y ventosos; y los recibía la muchacha con pánico, como a los más evocadores de sus penas y sus presentimientos. Sentíase agitadísima, con necesidad imperiosa de bajar al molino, de recorrer el bosque donde las ramas se retorcían igual que serpientes y el río se iba largo y bullicioso, llevando al mar la nieve derretida de los montes.

En aquella abertura estruendosa de la vega no había un movimiento ni una resonancia que no sirviesen de conmemoración a la hija de Martín, y revolvía sus recuerdos con invencible atractivo, padecida y lastimera, hundiéndose en las voces amadas y temidas; el rugido de los árboles, el clamor de la corriente, la masticación de las piedras moledoras, le producían crisis de llanto, accesos de terrible desesperanza.

Recobraba de improviso las energías sólo con sentir el primer soplo refrigerante de la primavera. Los pensamientos de Dulce Nombre hallaban una anchura consoladora en los surcos del campo abiertos como heridas, fugitivos por el valle en una cava olorosa y morena; y el abandonado gabinete del molino, abierto de par en par a la brisa de los montes, albergaba de nuevo la espera y la tortura de aquella mujer.

—¡Necesitas menos sueño que un pájaro!—le solían decir los que la encontraban de víspera bajo el oscuro estremecimiento de la noche, y la veían madrugadora igual que el sol, despabilada y diligente, buscando los caminos de la hierba a lo largo del ansar.

—Sí—respondía, agitada con la palpitación del aire, sonriendo sin saber por qué.

Y, en la aceña, besaba a Camila delicadamente, saludaba a su padre con amistad. No le había perdonado nunca, de palabra, ni siquiera con una sílaba como aquel susurro que una vez depositó en el oído del esposo: verdad era que a Martín no se lo hubiera ocurrido jamás pedirle a su hija perdón. La muchacha dejó de estimarle y de quererle, y consumidos los primeros tragos de su amargura, tornó a recibirle con afable costumbre y a observarle con cierta curiosidad.

—No le conozco—seguía diciéndose—; ¡es un extraño para mí!